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La victoria cosechada ayer por el Real Madrid en inferioridad numérica supone un bálsamo sobre la herida por la que el equipo se venía desangrando en las últimas fechas. Un corte producido por la falta de un dibujo táctico y de un patrón de juego definido, que en las primeras jornadas usó la pegada como vendaje, pero que, desde la lesión de Cristiano, se había vuelto a abrir sin hallar un apósito que frenase la hemorragia. Sin embargo, ayer volvió a encontrar la fórmula con la que tapar las carencias del esquema de Pellegrini.
Lo hizo a base de esfuerzo, el trabajo de todos sus jugadores y, sobre todo, con ese valor que aparece encabezando el manual de todos los madridistas: el orgullo. Mateu Lahoz se convirtió en el enemigo del Bernabéu cuando expulsó a Albiol en el minuto 28, pero a la vez sirvió de acicate ya que su decisión provocó que el Real Madrid recompusiera su defensa y que sus futbolistas sacasen el amor propio necesario para apelar a la épica y afrontar el partido como si no estuviesen con un hombre menos sobre el césped. Las paradas de Casillas, el buen partido de Ramos en el eje de la defensa y, fundamentalmente, los dos goles de un Higuaín que ejerció de salvador para su entrenador como hizo hace dos semanas con su seleccionador, fueron los pilares sobre los que se erigió la victoria.
Este triunfo debe servir para olvidar desastres pasados y pensar sólo en el futuro. Más que vivo en la Champions y a sólo un punto del Barcelona —que también tropieza— en Liga, la victoria ante el Getafe ha de ser un estímulo para afrontar una semana decisiva que confirme su recuperación, primero en Milán y luego en el derbi. Pero cuidado, la victoria es un buen punto de partida para volver a la senda adecuada, aunque no puede enmascarar que el equipo debe seguir trabajando para llegar al fútbol que de él se espera.
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